Soneto I
Higueras, surco profundo en mi alma.
Ante mí le preguntaba y aguardaba:
¿por qué ella mi profuso llanto calma?
Ciego y mudo él ya no contestaba.
Desesperada observé mi palma.
En ella al parecer se hallaba
el secreto de la palabra alma,
un viejo enigma se desvelaba.
La última razón
de la enamorada
para alimentar siempre mis heridas:
el camino directo a mi consumo.
La presencia de su sombra fijada.
Al final fui una de las abatidas:
dejé a la muerte exhalar todo su humo.
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