Atardece

Nosotras seguimos allí donde la ladera de Sant Cugat quiera despertar. Despeinando una colina
subrayada por el atardecer fuego
de colores vibrantes que
arañan las esperanzas,
los sueños incumplidos
y retumban en las paredes de la ilusión creando un instante infinito.
Sigue durando allí donde pertenezca,
sigue estando enmarcado por nuestras miradas cómplices
y nuestras confidencias.
Nuestras sonrisas siguen respirando en el muelle el humo de esa droga que no termino de consumirse,
fue un espejismo desde ese momento hasta ahora;
ya nunca volvimos.
Perduramos allí,
aguardando el momento en el que se desdoblen las horas y sea devuelto nuestro tiempo roto, desigual, y perdido en horizontes de otros casi saltos hacia esa cumbre,
que al final se convirtieron en polvo.
Pertenecimos a él, dejamos que el lugar nos hiciese suyos.
Y lo hicimos nuestro añorando cada esquina,
añorándonos a nosotras cada vez que paseábamos sin rumbo y escapábamos jugando a ser gatos sin casa ni normas. Fuimos callejeras y salvajes,
y el sentimiento perdura con intensidad en cada uno de nuestros segundos en los que me hice eterna y aprendí a crear una eternidad.

No me gustaría saber algún día que nos hicimos hacer por los años y nos vimos en una noche de sábado, ausentes y desconocidas como dos extraños cuando cruzan miradas en el tren.

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