Carta de acogida
No conoces el punto muerto de mis ojos
cuando la luz del sol se me clava.
No conviviste con los lazos atados a todos mis amaneceres.
Donde renací después de que me matasen
con un maldito,
mensaje de texto.
Y jamás, juro, jamás, comprenderás
por qué me hallo aquí
por qué no supiste donde estaba
ni cuántas fueron las veces que emborraché tu imagen
por tragarme tus palabras.
Despedidas eternas a la sombra de este desastre.
Las amapolas se ríen de la senda entre nuestras tumbas.
Sin abrigo la noche cuenta los segundos para estrellarse
de nuevo contra mi pecho.
La relación entre la curva de un silencio y un aviso,
siempre, la respuesta adecuada,
es equivocarse.
He amontonado mis manos a una multitud de extraños de mi corazón.
Volver significa nunca más en el lenguaje extinguido que hablamos los solitarios.
El tiempo es un descenso que acrecienta el vértigo de mi aliento
y tú no me preguntas, ¿qué ocurre?
En mi horizonte de expectativas se habla con los labios
y se acumulan visiones de locura de ti, hacia ti.
Seguir escribiendo sin propósito ni sujeto,
sin preposiciones de por medio.
Porque tú, para mí;
siempre y nunca se han desdoblado
y frente a frente se han asesinado.
Entregarse a la muerte conocida
es una forma de suicidio.
¿Le queréis poner etiquetas a mis actos, o a mis palabras?
He amado delante de mi obra preferida entre las tuyas, entre otras.
Observando detenida, tu mente me lleva al perfume que se debería probar
al menos una vez en una de nuestras vidas.
De todos los escenarios posibles,
de todas mis edades no vividas,
te has colado en la más volátil.
Ojalá siempre fuese así
o podíamos habernos acabado el uno con el otro.
Avanzo sobre mis pasos ya dados
continúo recibiendo los consejos de voces que ya me besaron.
Debo huir de aquí y salir a cualquier otro lugar donde aún no me conozcan.
Donde aún sea demasiado pronto para pedir auxilio:
me ahogo.
cuando la luz del sol se me clava.
No conviviste con los lazos atados a todos mis amaneceres.
Donde renací después de que me matasen
con un maldito,
mensaje de texto.
Y jamás, juro, jamás, comprenderás
por qué me hallo aquí
por qué no supiste donde estaba
ni cuántas fueron las veces que emborraché tu imagen
por tragarme tus palabras.
Despedidas eternas a la sombra de este desastre.
Las amapolas se ríen de la senda entre nuestras tumbas.
Sin abrigo la noche cuenta los segundos para estrellarse
de nuevo contra mi pecho.
La relación entre la curva de un silencio y un aviso,
siempre, la respuesta adecuada,
es equivocarse.
He amontonado mis manos a una multitud de extraños de mi corazón.
Volver significa nunca más en el lenguaje extinguido que hablamos los solitarios.
El tiempo es un descenso que acrecienta el vértigo de mi aliento
y tú no me preguntas, ¿qué ocurre?
En mi horizonte de expectativas se habla con los labios
y se acumulan visiones de locura de ti, hacia ti.
Seguir escribiendo sin propósito ni sujeto,
sin preposiciones de por medio.
Porque tú, para mí;
siempre y nunca se han desdoblado
y frente a frente se han asesinado.
Entregarse a la muerte conocida
es una forma de suicidio.
¿Le queréis poner etiquetas a mis actos, o a mis palabras?
He amado delante de mi obra preferida entre las tuyas, entre otras.
Observando detenida, tu mente me lleva al perfume que se debería probar
al menos una vez en una de nuestras vidas.
De todos los escenarios posibles,
de todas mis edades no vividas,
te has colado en la más volátil.
Ojalá siempre fuese así
o podíamos habernos acabado el uno con el otro.
Avanzo sobre mis pasos ya dados
continúo recibiendo los consejos de voces que ya me besaron.
Debo huir de aquí y salir a cualquier otro lugar donde aún no me conozcan.
Donde aún sea demasiado pronto para pedir auxilio:
me ahogo.
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