Llanto

Llegó a mis oídos una idea hermosa, de sonoridad apacible, utópica para el receptor. No la comprendí; y me eché a llorar.

Vi en la calle bailes en par, cuyos inviernos fueron en pareja, llevan tanto tiempo así, no sabrán cómo acabar; y me eché a llorar.

Descubrí la verdad. Me sentí capaz, quise volver a empezar. Pero estaba viendo el truco desde la oscuridad, ahora aportaría claridad. De libertad, de amor, de felicidad; me eché a llorar.

Entendí que no hay amor único, puro, verdadero. Que no era cierto el enamoramiento detrás del espejo de los años; y me eché a llorar.

Escuché la tristeza de dos personas unidas, que buscaban escapar de ambos; y me eché a llorar.

Reparé en mi ignorancia, en la impotencia de no saber comprender a la muerte; y me eché a llorar.

Y así, en un profundo llanto, fui navegando en busca de calma y tempestad.
Entonces, llegué a una isla frágil y se me olvidó todo esto una vez más.
Sentí la cegedad; marché a llorar.
Y una vez marchado, no fue un llanto el que escuché, ni una lágrima subrrayo mis párpados; fue el rugido de un fuego, sóla, pude volar.

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