Flechas

cállala, que hoy de tantos gritos ya no muere.
se esconde tras el silencio.

el hedor de sus entrañas
y el ruido del hogar
han dado paso a la falta de oxígeno.
ya no respira,
no haya el aire.
la ausencia se ha esfumado
de la mano de la melancolía.

cuatro piedras lisas le señalan.
es ella escrutando su propio abismo.
lo único que le da suficiente miedo como para cerrar los ojos,
lo único capaz de salvarla.
cal y monstruos: sequía.

implorará que la salven.
de hecho,
               creerán que la están salvando.
un barco se dirigía hacia ella y ahora está pidiendo auxilio.
atestado de noticias infames,
desolado.

aún no ha aprendido del todo
que el amor no es su salvavidas,
que debería mirarse dentro
siempre que busque respuestas.

los fantasmas de sus sueños se han dado cuenta
de ser verdad
y cabalgan sobre su mente, inquietos,
cuando la oscuridad se zafa de su pecho.

ya no llora, las lágrimas secas cuajan el frío
en su interior -el almacén se desborda -,
enredadas en los arrecifes
de su pelo.

se limita a caminar recto, en dirección opuesta a su castigo,
como todos comprueban satisfechos.
y si se equivoca le dicen que son tonterías.
que nada tiene suficiente importancia.

nadie advierte que las decisiones
que dejó sin tomar le dejan arañazos.
la sangre le corre por las mejillas,
se escurre entre sus piernas,
le alcanza el sexo que empezó a sentir.

a dentelladas consigue ver;
y es una sombra.
entre la carne y el olor a polvo
le queda un sólo disparo de diferencia.
las cicatrices del pasado, inmutas.
francas, no conocen su ubicación.

las libélulas que dejó arder dentro de su coraza
se atragantan con la lengua de versos que saben a podrido.
es infectada por sus engaños a medias,
por el dolor que prefiere no inyectarse.

sobre el papel la tinta queda intacta
y le produce náuseas.

sus promesas graves y su voz oscura
han dejado atrás la quemazón del olvido.
llega a la cumbre de la carga,
el hueco de una figura en la que no encaja.

si alguien escuchó su juramento,
que lo haga saber.
quiere dejar de desenterrar tesoros acabados.
quiere cumplir sus tratos
antes de que las amapolas agiten su vientre
y revuelvan sus conceptos;
otra vez.
quiere dejar de transformar la visión clara
que le llega de la realidad.

el piano es la agonía,
ella, la carcelaria de las notas atrapadas.
el sonido del vinilo quemándose
le escuece tanto, tanto
que ya no quiere oír la canción.

un domingo todo comienza
a torcerse despacio.
los pies le pesan,
le impiden moverse de la tumba intacta en la que yace.
herida de por vida,
con los huesos raídos por la tierra.

una flecha caliente le alcanza,
le obliga a dar la vuelta
y se topa con el destino -novedad continua -
le ha dado una razón y un camino sin señales.
ojalá no vuelva a fallar en puntería.
ojalá todo salga a pedir de su capricho.




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