el fracaso
Me tropiezo si voy caminando despacio, no hay que mirar por dónde vas ni pensarse las cosas dos veces porque hay metales que asustan e interrumpen el flujo natural del camino. Al llegar a la estación los pies se arrastran chorreantes, las botas gotean en el vagón, yo me voy despidiendo de ti, una, dos, tres paradas más lejos. Me despido de ti dentro de una balada de amor épica que truena en mi cabeza, los hallazgos me atormentan, veloces y atorados, incongruencias tras la búsqueda de la verdad. Me voy riendo en el tren de vuelta porque me vienen a la memoria los episodios antes tan superfluos, nuestro primer día de nieve. Hoy es mi primer día de nieve -aquí en esta ciudad - y pienso en cómo funciona la memoria, - me muevo muy despacio - pienso en cómo siempre el nuestro será el primero sin tener en cuenta otras medidas del tiempo. Llego a casa con montones de preguntas y atropelladamente, no haciéndome por entender en absoluto, le vomito a mi amiga todas mis dudas; y ella hace por entenderme, ella busca en su propia memoria, en sus propios recuerdos, para ver si todo esto tiene sentido dentro de su propia realidad. Qué solos estamos siempre. He vuelto a casa y por el camino me imaginaba nuestro primer día en la nieve, cómo fuimos de la mano como dos pingüínos con un cuidado increíble por no resbalarnos, y de todas formas nos caímos. No he escrito un poema en meses, sólo cartas de amor a objetos amorosos aleatorios. Tengo tanto amor y no sé dónde colocarlo. Llego a casa y devuelvo nuestras cosas a sus lugares originales, te mudo en la memoria. Ojalá pudiese hacer eso con las palabras. Creo en el poder de las palabras, voy a intelectualizarme y voy a dejar que vagues a mi alrededor como un fantasma. Si es sueño, dejaré que sueñe, pues no podría volver a imaginar nunca nada tan hermoso.
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